A la fecha, Hijos del Sol tiene su territorio en San Esteban, en el Valle de Punilla, y está conformada por diez familias. Su casqui curaca —autoridad espiritual y política camichingona— Juana Manuela López, expresa que la pertenencia de quienes la integran no se define sólo por los lazos de sangre, sino también por el compromiso, el respeto y el vínculo con el territorio. Al recordar el caso de una comunera, sostiene:

Entre 2005 y 2006, la comunidad obtuvo la personería jurídica. Su otorgamiento se sustenta en la Constitución Nacional, que reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas, y en la Ley Nacional N.º 23.302, que establece el Registro Nacional de Comunidades Indígenas. Estas normativas permiten a los grupos reclamar legalmente sus tierras, aunque no les garantizan el reconocimiento de sus derechos territoriales.

A nivel provincial, en 2015 la Legislatura aprobó las leyes N.º 10.316, que creó el Registro de Comunidades de Pueblos Indígenas de la Provincia, y N.º 10.317, sobre la restitución de restos mortales indígenas. Estas normas responden parcialmente a las demandas de reconocimiento, pero los conflictos persisten por la falta de regulación de las tierras comunitarias y los avances insuficientes en la aplicación de la Ley Nacional N.º 26.160, que ordena el relevamiento territorial de las comunidades. En diálogo con este medio, el doctor en Ciencias Antropológicas José María Bompadre advierte que las políticas indigenistas impulsadas por el Estado provincial reconocen “al otro como sujeto, pero a medias”.

Además, señala que durante décadas la academia sostuvo discursos de extinción y de mestizaje. Si bien reconoce avances, destaca que la población aún es cuestionada y racializada. “Las comunidades que vienen batallando hace tiempo han logrado instalar un relato que ha logrado disputar las representaciones”, aclara Bompadre. El docente explica que la deslegitimación se sustenta en una imagen estereotipada. Agrega que es necesario separar la cultura de la identidad porque, aunque la vestimenta o los fenotipos cambien, las personas se siguen identificando como indígenas. Siguiendo esta línea, resalta que “hay que pensar en la diversidad en su máxima expresión”, ya que en las comunidades conviven personas con distintas orientaciones sexuales e identidades de género, además de animales, plantas, cerros, el sol y la luna. El investigador asegura que “todo lo que existe en los territorios comunica” y que esa conexión está estrechamente ligada con la identidad.

¿Qué significa ser casqui curaca de la comunidad Hijos del Sol ?

Es una gran responsabilidad –expresa entre risas–. Es preferible ser comunero y no ser autoridad comunitaria. Este rol implica mucho, ya que hay que ser la cara y la voz de la comunidad, y eso también me lleva a cuestionarme día a día qué es el poder. A mí no me da ningún poder ser autoridad, porque eso también implicaría poder andar por la calle tranquila, sin que me digan ni me hagan nada. No creo en la costumbre colonial, en la que el manejo político recae sobre una persona y un pequeño núcleo que toma las decisiones. Yo creo en una política más ancestral, en la que nos vemos las caras y tomamos las decisiones entre todos. Nadie está más allá del otro, aunque hay una persona que tiene la responsabilidad de que se ejecuten y se respeten los acuerdos. 

¿Cómo fue recibir este rol de tu madre?

Sin saber, fui preparándome con los abuelos y hermanos de distintos territorios. En el camino del corazón y del chamanismo me encontré con gente muy interesante. Iba aprendiendo, leyendo y prestando atención. Los abuelos me decían que tenía que aprender a hablar para que cuando llegara el momento, poder saber qué hacer. Tomé el casicazgo cuando mi mamá se separó y se tuvo que ir. Necesitaban a alguien que los representara; me vine al territorio, y al mismo tiempo comencé mi transición. Fue todo un proceso del espíritu y de madurez. Mi madre me dijo que esta versión mía le gustaba más y vio todo el trabajo que hice. Yo me quedé asombrada porque pensé que iba a pensar que era otra de mis locuras. En ese sentido, hay que escuchar el espíritu para seguir el camino, a pesar de sentir que a veces nos estamos perdiendo. 

¿Qué implicó para vos habitar el territorio camichingón y qué rol ocupó este en tu proceso de autorreconocimiento?

La conexión con la naturaleza y el monte fue siempre mi guía. En momentos de mierda, la única salvación que encontraba para alinearme era estar en contacto con el territorio. Hasta viví en el cerro Uritorco; para conectar con la montaña, era un proceso que tenía que vivir. Ahora tengo 41 años, ya soy una señora grande y a veces me pesa la soledad. Yo no soy fácil—explica entre risas—. Soy trans, indígena y me hago cargo de mi comunidad. En la radio en la que trabajo [Radio Una Radio Muchas Voces 98.1 FM], me decían que tengo una energía avasallante, quizás puede ser mi ascendente en Aries. Yo siento que a veces el otro te ve como una pieza de museo. Actualmente, en general, no es fácil relacionarse y menos para las personas que no seguimos la hegemonía patriarcal.

Entonces, ¿volverías a la ciudad o preferís que vayan más comuneros al territorio?  

¡Yo de acá no me muevo, acá me muero y acá me entierran! La ciudad está bien para ir unos días a pasear, pero después quiero volver. No soporto escuchar el ruido, no considero que sea sano para el ser humano y que esté dentro de lo que es el buen vivir. También hay que considerar que fue construida por un colonizador, como si estuviésemos en Europa, sin tomar en cuenta el territorio. Sí, me gustaría que más comuneros puedan venir para compartir el territorio. Allá hay muchas invasiones y me siento atrapada. En las imágenes de Google Earth se ve cómo su radio crece y sus brazos se van extendiendo cada vez más.

¿Qué significa “ser parte de la tierra”?

Es saber plantar y tener animales, pero también es interpretar al territorio. Hay que escuchar lo que está diciendo para ver dónde construir y dónde no, cuáles son los lugares ceremoniales y qué significa cuando se cruza un animal. Él no se adapta a mí, sino que yo soy la que se va adaptando a él. A su vez, nos dedicamos a la preservación del monte: hay zorros y chanchos. Protegemos la memoria ancestral tangible en las pircas y los morteros, y lo intangible del espíritu que está presente.

El sentimiento de que no perteneces viene de la colonización. Cuando una amiga estaba indagando acerca de su historia familiar, le pregunté cuál era el registro que tenía en su cuerpo al estar en contacto con el territorio. Le dije que es en el sentir que el espíritu se manifiesta y te muestra el camino. Cuando te pasan cosas adentro, aunque no lo puedas explicar, hay que ir por donde vibra tu cuerpo.

En entrevistas anteriores mencionaste que reconocer los dos espíritus que habitan en vos, simbolizados por la luna y el sol, fue clave en tu transición. ¿Qué representan para vos y cómo impactaron en tu camino espiritual?

Es una representación y en todos están esas dos energías. Depende de nosotros conocernos espiritualmente; la identidad que nace de nuestro ser puede o no coincidir con el cuerpo físico. Esto también se puede leer en la teoría norteamericana indígena de los dos espíritus. Es importante saber cuál predomina dentro de uno. Se trata de reconocer que el ser puede manifestarse de la forma que quiera.

¿Cómo fue reencontrarte con tu identidad como mujer trans indígena?

Un tiempo ocupé el rol de hombre, pero no me sentía para nada cómoda. Los ejemplos masculinos que tuve fueron de mucha violencia y tenía muy presente la energía de mi vieja y de mi abuela. Nunca me vi como un chico, no tenía pelos como decían que tenían los hombres. Yo siempre me relaciono con mujeres y ya en mi adolescencia sabía que era trans, me vestía de una forma andrógina, onda David Bowie. En un momento probé seguir lo que todo el mundo esperaba, pero no me fue bien. En ceremonias con plantas me veía con una imagen de mujer. Era momento de que el espíritu femenino que habitaba en mí saliera, cada vez se manifestaba más y me reconocí en él. Mi transición fue estar en diálogo permanente: mi parte femenina hablaba con mi parte masculina. En el mismo momento en el que sentí que ¡yo soy la Juani!, también me hice cargo de la comunidad y me asumí como lo que soy.

¿Cómo ves la situación de las disidencias dentro de las comunidades?

En las comunidades hay lesbianas y gays, pero no lo ponen en primer lugar y queda soslayado. Esta situación se ve influenciada por la imagen heteronormada impuesta por la colonización, donde el cacique es hombre y la homosexualidad no existe. De hecho, dentro del sol comechingón está la tercera energía, ya que cada rayo está dividido en tres: lo femenino, lo masculino y lo neutro.

También en el chamanismo se trabaja con tres campos: el de la luz, el de la oscuridad y el de la fuerza ordenadora. En los altares, por un lado, están los santos, en el otro está lo oculto/la muerte, y en el centro se encuentran las herramientas de la naturaleza. Estas pueden ser agua florida o piedras y son utilizadas por la persona con conocimiento para ordenar las otras partes. Yo lo veo así en mi vida y es lo que en mi ser hace eco. Por eso también las personas transgénero eran guías espirituales y autoridades comunitarias. Es una energía especial y natural.

En tu vida cotidiana, ¿en qué aspectos reconocés que la colonización sigue presente?  

¡En absolutamente todo! Los indígenas seguimos luchando y la situación no cambió. Las políticas actuales nos traen mucha membranza de la colonización. En mi vida personal está presente, uso una ropa diferente a la de mis ancestros y hablo el idioma que no es el que debería. Me gustaría saber mucho más de nuestra lengua. En ciertos pensamientos también está y tengo que estar revisándome. Hablando con otros hermanos, justo esa palabra fue impuesta por la iglesia. Nosotros teníamos otras formas y nos llamábamos por nuestros nombres. Dentro de mi proceso de descolonización, reconozco que hay muchísimas cosas que vemos como parte de nuestra identidad, pero que en realidad fueron impuestas a sangre y fuego.

En ese sentido, ¿cómo considerás que se puede ir descolonizando en lo cotidiano la mente y las prácticas? 

¡Qué fuerte pregunta! Es difícil. Lo que yo hago es cuestionarlo todo. Parezco una loca —exclama con humor—, pero no es una cuestión de paranoia sino de análisis profundo. Es importante preguntarnos qué significan las cosas para nosotros y no dar por hecho que el sentido es el mismo para todos. Cuando hablo con otros hermanos indígenas lo debatimos y me descolonizó, porque me doy cuenta de que algo era diferente de lo que yo pensaba. Muchos dicen boludeces, como que los comechingones bajaron de los “ovnis”, esto sucede porque negaron nuestra identidad y hubo un borramiento que dio lugar a que cualquiera venga a decir quiénes somos. ¡Imaginate que a pesar de que somos 40 comunidades, nos sigue costando que nos traten en presente! Se trata de aceptar algunas herramientas que vienen de la colonización, ya que no podemos volver el tiempo atrás, y nos sirven para aprender y recuperar lo nuestro.  

Como voz y cara de tu comunidad, ¿cuáles son las principales demandas y problemáticas que hoy identificás como más urgentes?

A pesar de que estamos en un sitio arqueológico protegido, en el que solo las comunidades indígenas tienen el derecho a estar, siempre estamos con la soga al cuello porque nos quieren alambrar y achicar el territorio. También estamos reclamando que la comunidad rural vecina saque sus animales para que no rompan los sitios. A su vez, está la continuidad de la autovía de Punilla, que tenemos entendido que pasaría por arriba o muy cerca de nuestras tierras. Ahora estamos trabajando en un camping cultural que permite vivir la experiencia de un museo etnográfico, recreando en determinados lugares la forma de vida de otras épocas. Acá, en el sitio, se juntan lo precolonial, la colonización y la poscolonización/lo contemporáneo. 

Entonces, la lucha es hacer presencia, cuidar el territorio, remarcar que es un sitio protegido, crear alianzas con otras comunidades y llevar adelante los proyectos. También es necesario darle al territorio la importancia que se merece de acuerdo con la memoria que vemos que hay acá. Por el momento venimos bien –sonríe con preocupación–, todavía no nos pasó la autovía por arriba. 


0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *