¿Cómo es ser una sanadora en el contexto sociocultural actual dentro de la ciudad de Córdoba? La experiencia de Silvina Villarreal, comunera del Pueblo de La Toma e integrante de la comunidad camichingona de Córdoba permite que conozcamos una parte de lo que significa ocupar este rol ancestral en la actualidad.
La Sanadora Silvina Villarreal, fotografiada por Iván Erñu.
Durante dos meses se realizaron visitas a la Casona de la Comunidad del Pueblo de la Toma, en barrio Alto Alberdi, donde los comuneros se reúnen cada lunes. El edificio, ubicado en León Pinelo 32, perteneció a comienzos de este siglo al curaca Belisario Villafañe, pero fue expropiado por el gobierno provincial durante la última dictadura militar y funcionó allí la Comisaría 11. Tras años de abandono, en 2016 la comunidad decidió ocuparlo para recuperar su espacio y reclamar su restitución.
La Casona como testigo histórico de la lucha camichingón
La composición de una población indígena, explica el antropólogo José Bompadre en su escrito Memorias de devolución, se construye no solo a partir de las fuentes coloniales y la documentación oficial de la provincia, sino también de los testimonios orales y memorias de los comuneros actuales.
“Los comuneros de La Toma convergen en localizar su territorio ancestral a la vera del río Suquía, al oeste de la ciudad de Córdoba”, explica Bompadre.
La Casona del Pueblo de La Toma se ubica en la zona de Alto Alberdi, dentro de lo que los mapas catastrales de la ciudad de Córdoba identifican como parte del antiguo territorio camichingón. El etnógrafo expresa que este mapa “es apropiado y resignificado actualmente por los comuneros como una natural constatación de su continuidad y presencia en los barrios del oeste de la ciudad”.
Resulta novedoso que la comunidad se encuentra dentro del círculo urbano de la ciudad de Córdoba, ya que muchas veces, cuando se habla de pueblos indígenas, refiere o remite a una ubicación alejada de las urbes, en territorios más naturales y hasta aislados de las inmediaciones urbanas.
Al ingresar por el pasillo de entrada de La Casona, este lugar de encuentro y comensalidad, la agitación y la frustración comienzan a irse de repente, como unas nubes que se disipan lentamente; una bocanada de aire fresco denota la presencia de abundante vegetación dentro del lugar. La mayor parte de este sector natural pertenece a la abuela Tacu, un gran algarrobal ancestral que se estima que tiene más de 600 años de edad, que con sus extensas ramas y abundantes hojas, aporta sombra y oxígeno en una región tan urbanizada como la capital cordobesa. Como dice en uno de los folletos de bienvenida a La Casona:
“Bajo su sombra se cobijaba en las desesperanzas y alegrías (…). No existe árbol más generoso: cuanto menos recibe (agua) más da (alimento). Fue el cobijo y fuente de subsistencia de nuestros ancestros, cuidemos los que quedan”.
Sobre significados y concepciones: la abuela Tacu y el fuego
Los comuneros del Pueblo de La Toma se reúnen cada lunes de la semana en la Casona para compartir y hacer una ceremonia que suele suceder alrededor de la Tacu. Jorge Ferrer Acevedo, integrante de la comunidad, expresa que “la Tacu es la abuela de La Toma».
Las únicas ramas que se utilizan para armar la fogata son las de la Tacu, y sólo son utilizadas una vez hayan caído al suelo orgánicamente. Los comuneros afirman que es importante no arrancar las ramas de la Tacu ya que esto puede afectar a la energía madre que radica en el árbol, porque se trata de un ser vivo, y no un ente inanimado.
El fuego ancestral. Fotografía de Valentina Ñancufil Barros.
El fuego es un elemento que forma parte de cada encuentro, sus brasas son las que permiten que se lleve a cabo el sahumado para la ceremonia. Además, cumple un carácter simbólico ya que, en palabras de Jorge Ferrer, está estrechamente vinculado a la comensalidad. Cómicamente citado del famoso programa “Cocineros Argentinos”, Jorge cuenta que el concepto de comensalidad se asocia al fuego porque siempre reúne a las personas y las dispone a su alrededor o frente a él, ya sea para una comida o fogón, por ejemplo. “El fuego es energía” sintetiza Jorge, simboliza aquella unión existente entre un grupo de personas.
Sanación: fuente de sabiduría e identidad
En ambas visitas a La Casona, Silvina Villareal se presentó ante la ronda con la automarcación de sanadora y posteriormente con su nombre. Al llegar al lugar, lo primero que hace Silvina es colocar una manta a los pies de la tacu, posiciona sobre ella dos cuencos de cerámica al lado de las piedras que rodean el fuego y pone un vaso o frasco con agua, cerca del mismo. Esto se ha repetido en ambas instancias de visita al lugar.
«Curo con agua, caracol, arroz y piedras” explicó Silvina Villarreal.
¿Pero qué significan este tipo de curadurías? En palabras de Silvina, las piedras se utilizan para curar a personas en estado crítico en los hospitales, y con el objetivo de purificación. En el caso del agua, la sanadora explica que la presencia del recipiente de vidrio con agua a la par del fuego, actúa como un acto de curación. El agua en el frasco cumple la función de absorber la energía del entorno. Luego de reposar por unos minutos, en su fondo se forma una capa de tela fina y transparente a partir de la cual se pueden leer las afecciones de los presentes. Por otro lado, el trabajo con los caracoles parece ser más complejo, ya que Silvina dice que puede “ver más allá”, expresión que puede hacer referencia a un plano más allá del terrenal.

El sahumado cierra cada encuentro de los comuneros . Foto: Iván Erñu.
Esto nos remite al eje central de esta nota: el rol del sanador dentro de una comunidad indígena y la forma en que esto construye una identidad propia. En uno de los tantos intercambios que se dieron en el contexto de La Casona, los comuneros de La Toma han manifestado que para ellos, el sanador es aquel que “sabe y siente lo ancestral”, tanto dentro de la comunidad como fuera de ella, para aquellas personas que lo necesiten y crean en su espiritualidad.
Silvina realiza sanaciones principalmente para la pata de cabra, mal de ojo, culebrilla y dolor de panza. Bajo su perspectiva, el rol fundamental que debe cumplir, se basa en la sabiduría, tanto heredada de generación en generación como la que le aporta su propio don. Resulta interesante esta categoría, ya que el “don” puede ser abordado desde diferentes perspectivas y enfoques. En el caso de Silvina, el don de sanadora se comenzó a manifestar de a poco durante la niñez y preadolescencia, para eventualmente poder ejercer su rol bajo el aprendizaje de su madre, Vicenta Inés Villarreal. Por lo tanto, ser sanadora no es un don que se hereda sin más, sino que se enseña de generación en generación, y en base a indicios detectados personalmente. El proceso de descubrimiento es totalmente propio.
Este temprano proceso de autodescubrimiento en la vida de Silvina, significa una construcción identitaria que progresivamente se va formulando y tomando forma a medida que suma experiencias de vida; gracias a sus sanaciones y el legado que su madre le dejó antes de dejar este mundo, como lo son aquellas piedras y caracoles que hoy utiliza para curar y sanar a las personas que precisan de su ayuda.
Pero también existe otra faceta de esta identidad, relacionada a la discriminación y maltrato que conlleva mostrarse y expresarse como miembro de una comunidad originaria. Es importante destacar que tanto su madre, como Silvina y su hija, han coincidido en el mismo factor común: la discriminación por su identidad cultural y étnica. Silvina habló sobre la discriminación que sufrió desde siempre en el colegio, motivo por el cual tiene una cicatriz en su mejilla. Esta fue producto de agresiones realizadas por sus mismas compañeras. A raíz de ello tuvo que cambiarse a la escuela nocturna para poder seguir estudiando. Aunque éste cambio le abrió las puertas a una etapa escolar mucho más amena – donde hasta conoció a su actual pareja y padre de sus hijos – la exclusión y violencia se siguió ejerciendo a lo largo de ya tres generaciones dentro de la familia Villarreal, como ejemplo de muchas otras más, por el simple hecho de pertenecer a una comunidad indígena.
Contexto legal y sociocultural
En la actualidad, sigue vigente lo que los antropólogos Gaston Gordillo y Silvia Hirsch llaman presencia ausente. Este concepto hace referencia a que, a lo largo de la historia, los pueblos indígenas han podido ganar mayor visibilización a través de su lucha, pero actualmente sigue pregnante la discriminación por parte de la sociedad que todavía no los reconoce en su totalidad. A pesar de procesos históricos de desaparición forzada e invisibilización histórica, los legados y las memorias ancestrales siguen presentes en la sociedad actual aunque los discursos oficiales no las reconozcan.
Las sanadoras de la comunidad camichingón siguen existiendo y nunca se extinguieron. Como es en el caso de Silvina Villarreal, que heredó su don de sanadora de su madre Vicenta Ines Villarreal. Silvina cuenta que cuando su madre falleció, le dejó una caja con una vincha, la Whipala y los nombres de las personas que tenía que seguir acompañando en el proceso de sanación.

A la sombra de la Tacu sucede el intercambio. Foto: Iván Erñu.
Este legado vino cargado con un fuerte estigma social, ya que la sanadora comparte cómo la agredieron físicamente después de que se auto reconoció como camichingón. Esto estuvo cerca de ocurrirle también a su hija de 17 años. Como madre, expresó que tuvo que cambiarse de institución para evitar que la agredan por auto reconocerse como indigena. La sanadora contó que está viendo que su hija está comenzando a sentir el don como ella lo sintió en su momento y explicó que este es un proceso complicado en el contexto actual.
Esta historia no es un hecho aislado, ya que en tiempos contemporáneos hubo varios casos de agresión e incluso detención por parte de las autoridades de personas que practican medicina indígena. Como fue la detención en el año 2023 de la sanadora Maria Petrona Villafañe, integrante del Pueblo de la Toma, por ser acusada de haber incurrido en el ejercicio “ilegítimo” de la medicina. El artículo 208 del código penal determina que será reprimido con prisión -de quince días a un año- a aquellas personas que sin título ni autorización ejerzan el arte de curar. Actualmente no hay información exacta de cómo sigue el caso.
Audelina Saavedra, la curaca (autoridad política de los comuneros) del Pueblo de la Toma, expresa que las sanadoras son personas que sienten y tienen las palabras justas, como lo fue el caso de Vicenta, la madre de Silvina. Ella comunica que algunas sanadoras se ocultan actualmente por miedo a ser juzgadas. La curaca destaca que hay que respetar este rol ancestral.
En Argentina, la ley 24.071 de Protección de los Derechos de los Pueblos Indígenas reconoce la importancia de la medicina tradicional y los conocimientos ancestrales de los pueblos originarios. Esta norma establece que estas prácticas medicinales deben ser complementarias a la medicina oficial.
A su vez, la ley 26.160 abarca la posesión y la propiedad de las tierras de comunidades indígenas en la cual también se incluye las prácticas de salud y medicina tradicional. En ambas legislaturas se nombran las prácticas de sanación ancestrales, pero sólo en segunda instancia y en una relación de dependencia con respecto a la medicina convencional o la certificación oficial de la posesión de la tierra. Hubo avances en el reconocimiento de la medicina indígena, como se puede ver con la creación del Consejo de Medicina Indígena Nacional y los programas de salud nacional que apelan a una estrategia de complementación entre las medicinas oficiales e indígenas.
Acá surge la pregunta: ¿poner a la medicina indigena en carácter de complementariedad con respecto a la medicina oficial es realmente reconocer su legitimidad ? El año pasado, en el décimo Congreso de Culturas Originarias en Córdoba durante la exposición de Prácticas de sanación indígenas: ¿ejercicio ilegal de la medicina o ejercicio legítimo de un derecho? Análisis de un caso del pueblo de la toma a mitad del siglo XX de Fada Luna, Alma Melana y Pablo Reyna, surgió este debate. Hubo posturas de personas originarias que reconocían el lugar de complementariedad de su medicina y varias personas se opusieron. En este marco legal la medicina indígena es reconocida en parte por su carácter cultural pero a su vez es restringida por el código penal.
Silvina expresa que a pesar de todo ella está orgullosa de su don y destaca que vienen personas de toda la provincia a verla. Alrededor de 20 a 30 personas suele atender por semana. La sanadora explica que ella nunca cobra por sus sanaciones, ya que eso hace que su trabajo “pierda credibilidad y honestidad”. Comentó que a veces realiza sanaciones a domicilio, cuando es una situación que requiere del uso de yuyos medicinales, por ejemplo. Además, agregó que cuando una persona viene muy cargada, eructa por sentir y canalizar la energía. Existe otro aspecto que fue enfatizado por la sanadora del Pueblo La Toma, que trata sobre la necesidad de que un sanador esté en contacto constante con otros sanadores, ya que a veces ellos mismos necesitan descargar las energías que acumulan de sus trabajos de curaduría y que a la larga pueden afectarlos negativamente. Silvina Villarreal expresa que son sus ancestros los que le dan la fuerza para sanar.
Coautora: Valentina Ñancufil Barros
Fuentes consultadas
- Bompadre, J. M. (2020). Memorias de devolución…Editorial Teseo
- Gordillo, G. y Hirsch, S. (2010). La presencia ausente… La Crujía
- Palladino, L. y Bompadre, J. M. Imaginarios y narrativas… (en prensa).
- Código Penal de la Nación Argentina, artículo 208
- Ley 24.071, de ejercicio de la medicina (1991)
- Ley 26.160, Régimen de protección para las comunidades indígenas (2006)
- Ministerio de Salud de la Nación Argentina. Programa de Salud de los Pueblos Indígenas

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